UNA HISTORIA DE LAS DE ANTES

-¡¡Matías!!- grita doña Engracia

Doña Engracia es una vieja enjuta, malhumorada, seca (más que la mojama). Anda con mucho brío, más bien con mucha mala leche. Lleva los brazos en jarras con las manos apoyadas por el envés en las caderas, el cejo fruncido y los labios amoratados del genio contenido.

Proviene de una familia adinerada. Actualmente es la dueña y señora del cortijo. Su marido falleció hace ya unos años. No tuvo hijos varones y la única hija que tiene esta casada con un mozo de buena familia también, pero tan rico como corto de entendederas.

-¡¡Matías!! Demonio de chiquillo. Anda a buscar al Tío Tomás.

Matías es un chiquillo despierto de ojos grandes, vivaces, del color de las aceitunas. Es el nieto de doña Engracia. Pasa los veranos con la abuela en el cortijo. Su madre desde el parto, bueno, quizá desde que se quedó preñada anda con la salud algo mermada.

- Abuela, el Tío Tomás está aquí… Ahí arriba. Está sacando paja limpia para adecentar las bestias del corral

- ¿Para las bestias? Valientes bestias estáis hechos vosotros dos…

¡Anda que la salida del niño no tiene guasa ni na!- piensa para si doña Engracia.

Ésta se acerca al quicio de la puerta del corral, mira y ve al Tío Tomás con la forca amontonando paja seca y limpia.

- ¡¡Tomás!! ¡¡Ve a buscar agua!!

Tomás sigue a lo suyo.

-¡¡Tomás!! ¿Qué no me oyes o qué?- vocifera Doña Engracia. -¡¡Maldita sea!!, baja de ahí ahora mismo. Arregla la mula. Ponle la albarda, las alforjas y baja a la fuente a llenar los cántaros de agua… En la casa ya no queda ni gota.

Tomás sigue haciendo caso omiso.

En esto que doña Engracia entra echa una furia, coge la forca de limpiar las cuadras y levantándola con los brazos amenaza a Tomás que tranquilamente la mira y le dice:

-¡¡Mande doña Engracia!! ¿Qué se le ofrece que haga a la señora?

- Déjate de tonterías Tomás y anda a la fuente a buscar agua. Llevare a la Toñi que la Zafia está a punto de parir y no vaya a ser que el demonio se cruce en su camino y le dé un mal parto.

Tomás baja mansamente la escalera de madera vertical apoyada en el altillo del pajar sin ni siquiera mirar a doña Engracia. Empieza a acariciar a la Toñi. Le pone las mantas, las alforjas, le aprieta bien las cinchas, asegura bien las alforjas, la coge del brocal para sacarla afuera.

A la vera de la entrada en el poyo que rodea el corral, están los cántaros vacíos.

Tío Tomás es un hombre pacífico. Tiene unos cincuenta años o más. Su piel está tostada por el sol. Lleva los ojos siempre entornados, acuosos y lagrimeantes. Tiene la boina calada hasta las cejas. Su cara está surcada por infinidad de arrugas, algunas de ellas muy marcadas. Sus manos son pequeñas, gordezuelas, maltratadas por el trabajo en el campo desde su más tierna infancia, llenas de heridas, unas viejas y profundas como las de su corazón y otras apenas rasguños por el paso del tiempo.

- ¡Abuela, abuela!!- grita Matías- ¿Puedo irme con el Tío Tomás a la fuente?

Doña Engracia hace como que lo piensa, arruga la frente, frunce los labios para finalmente decir: -Tomás llévate a Matías, pero vigílalo como si fuese el niño de tus ojos, que ya sabes que es de la piel del demonio.

- Matías, ¿quieres que te suba a la mula? – le pregunto cariñosamente Tomás.

- ¡Si, si , si Tomás, por favor, si si. Abuela ¿puedo?

Doña Engracia finge no oír nada y se encamina hacía la casa.

- Anda ven

Tomás lo coge en brazos y lo sube a la grupa de la mula

La Toñi a pesar de ser una mula joven está acostumbrada al trabajo duro y al yugo del arado. Su compañera la Zafia es una yegua torda, alta hermosa de natural esbelta aunque ahora estaba gorda a reventar a causa del embarazo.

La Toñi sigue a Tomás con un trotecillo suave. Los tres forman la viva estampa del famoso Alonso Quijano.

Tomás va cabizbajo rumiando quién sabe qué cosas en su cabeza que parecen atormentarle. Matías va contento, silbando, cantando en una palabra disfrutando de lo que el momento le ofrece. Alegría esta que contagia a la Toñi, que parece jugar con sus patas con las piedras del camino haciendo restallar orgullosa sus nuevas herraduras calzadas apenas hace dos días

Tomás de vez en cuando echa una mirada al Matías y a las albardas no vaya a ser que sufran algún percance indeseado.

De repente Matías pregunta a bocajarro:- Tomás, ¿tú tienes familia?

A lo que Tomás responde sorprendido: - Pues claro que tengo familia

- Y… ¿dónde está?

- Bueno tengo varios hermanos trabajando por ahí, lejos en otros cortijos, en fábricas, de todo un poco.

- Y… ¿cuándo os veis?

- No nos vemos nunca. A veces me mandan cartas y yo le dicto las cartas a tu abuela para responderles por que yo no sé escribir.

- Y… ¿tus hermanos, saben?

- Bueno algunos si, otros no. Los más pequeños aprendieron algo de letras y cuentas. Yo que soy el mayor de diez hermanos no pude estudiar, tuve que trabajar y ayudar en casa para que comieran los más pequeños.

- ¿De pequeño, ya trabajabas?

- ¿Cuántos años tienes tú ahora Matías?

- Cinco… Bueno casi seis, el tres de septiembre hago los seis.

- Pues yo a tu edad ya iba al campo con las mujeres y otros niños a recoger aceitunas del suelo, y ayudaba en el cuidado de los marranos del padre de tu abuela.

- Y… ¿Tú tienes hijos Tomás?

- Solo tuve uno, mi mujer, la Marcela, murió poco después del parto

- Y… ¿nunca más has tenido otra mujer?

- No, pero estas no son para hablarlas con niños.

- Y… ¿Dónde está tu hijo?

- Se fue para las Américas, creo que está en Argentina.

- ¿Por qué?

- ¿Por qué… qué? Um, pues no se.

Tomás se queda pensativo, sin saber que decir.

-¡¡Adela!!- grita Matías

-¡¡Adela!! - vuelve a gritar

- ¡Hola Matías!- le responde alegremente Adela

Adela es la hija del mayoral de las tierras de Doña Engracia. Es una niña de cinco años también. Es morena, muy morena de piel, con ojos brujos andaluces. Su pelo negro como la pez, largo hasta la cintura. Hoy lo lleva suelto, pero normalmente lleva trenzas o colas de caballo por que su madre dice que le da mucha faena desenredarle semejante mata de pelo.

- Buenos días Tomás- saluda Adolfo

- Buenos días don Adolfo.

- ¿Dónde vais?

- A buscar agua para la casa, que Doña Engracia dice que no hay ni gota- dice Tomás a la vez que remeda el gesto de brazos en jarras de ella.

- Es mujer brava esta Doña Engracia. Tiene mucho genio, eh

- Ya lo creo, pero ¿cómo no lo ha de tener? Si está sola para llevar todo. Es una mujer valiente.

- Adela hija, no te marches muy lejos, que el río baja muy fuerte con el deshielo de las últimas nieves.

- No, papa. Vamos a jugar en la fuente con Matías.

- Está bien, pero ten cuidado.

- Sí, papa

- Bueno Tomás… Tengo que ir a la linde del cortijo de los Pacheco… ¿Me harías el favor de subir a Adela al paso que llevas a Matías a la casa de Doña Engracia?

- Sí, claro que sí, Don Adolfo. Pero no sé si la Toñi podrá con los cuatro cántaros de agua y los dos críos…Que aunque es muy trabajadora es joven.

- Pues que suban andando Tomás que son jóvenes y fuertes y tampoco hay tanto trozo… que si ves que vas a tener problemas la subo yo y después marcho.

- No se preocupe Don Adolfo, que subiremos todos poco a poco.

- Gracias Tomás.

Don Adolfo es un hombre alto, fornido, más joven que Tomás, debe tener unos cuarenta años poco más o menos. Muestra una incipiente calvicie a la vez que barriga. Usa gafas atadas con un cordel al cuello para que no se le caigan cuando cabalga. Todos los días recorre la finca de punta a punta y de cabo a rabo. Es un hombre culto, respetado, trabajador y es el encargado de los asuntos económicos, entre otras funciones, de la fortuna de Doña Engracia.

Doña Engracia es su tía por parte de marido, y se ha encargado de Adolfo y de su hermano desde que sus padres murieron por intoxicación con setas venenosas.

Tomás está llenando los cántaros en la fuente a la vez que vigila los inocentes juegos de los niños.

Al verlos jugar piensa: “la historia se repite”

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- ¡¡Doña Engracia, Doña Engracia!!- grita desaforadamente Manuela.

- ¿Qué pasa Manuela? ¿A qué viene tanto alboroto?

- Traen recado de Castril, de su hija.

- ¡Ay! ¡Dios mío! ¡Que no sea nada malo!- dice implorando al mismísimo cielo juntando las manos en actitud de reverencia al Santísimo.

- Doña Engracia, vengo de parte de Don Álvaro, el médico de Castril.

- Habla pronto zagal… Dime ¿qué pasa?

- El médico ha dado órdenes para que su hija sea trasladada aquí de inmediato. En el pueblo su hija no tiene quien la atienda y está muy débil y me manda decirle que esta misma tarde la van a traer, que preparen su habitación, que él vendrá acompañando a la enferma para darle a usted instrucciones de cuidado.

- Muy bien hijo. Muchas gracias… Espera, toma,- dice metiéndose la mano en el mandil-. Cómprate un bollo y una chocolatina con esto- y le da dos monedas.

- No hay de qué, señora, a mandar. – replicó el chico más contento que unas castañuelas con su par de monedas.

- Manuela, ya los has oído, anda corriendo a ventilar bien la habitación. Limpia bien todo que no quede mota de polvo… y sobre todo haz la cama con las sábanas nuevas que serán más suaves. Adecenta el armario para que ponga sus cosas. Ponle también un orinal y una escupidera debajo de la cama,... ¡ah! Y una palangana con agua limpia y bien fresquita. Después baja al jardín y corta unas flores y le haces un ramo hermoso o dos para que tenga bien perfumadita la habitación, que lleva mucho tiempo cerrada. Venga date prisa… y después prepara un buen caldito para la noche.

- Si señora, ¿algo más?

- No, gracias Manuela. Yo voy a ver si encuentro al Pascual en el campo y que mate uno o dos pollos mientras viene Tomás.

Salió disparada de la casa.

Manuela es la moza al servicio de la casa, se encarga de planchar, lavar, cocinar, limpiar. Es una muchacha en edad de merecer, pero poco agraciada físicamente, cosa que parece no importarle. Es una chica muy responsable. Trabaja para mandar dinero a su madre que está enferma y con cuatro hermanos pequeños más en la casa. No pide días libres más que uno o dos al mes para ir a ver a su madre. Quiere mucho a Doña Engracia, pues aunque la hace trabajar duro, la trata como a una hija, por las noches antes de irse a acostar le enseña a leer, a escribir y algo de números.